
Jordi Bertomeu, oficial del Dicasterio para la Doctrina de la Fe y enviado personal del Santo Padre en Misiones Especiales, como la de disolver el Sodalicio de Vida Cristiana o investigar los casos de abusos sexuales a menores en Chile, participará el próximo lunes, 24 de noviembre, en las II Jornadas Pro+Tejiendo, organizadas por la Cátedra Extraordinaria Pro+Tejer en la Universidad Complutense de Madrid.
El tema principal a analizar será si es posible una obediencia sana.
ENTREVISTA
«Es necesaria una obediencia sana para ser libres en una sociedad invasiva como la nuestra», asegura el enviado personal del Papa para resolver casos complejos de abusos.
La obediencia provoca hoy perplejidad: ¿por qué cree que este concepto, central en la tradición cristiana, se ha vuelto tan problemático en el imaginario contemporáneo?
— Creo que en el origen etimológico de la palabra ya está señalada esta dificultad. En latín significa escuchar (audire) hacia (ob).
Es decir, prestar oído, escuchar con atención, ponerse en tensión como adulto que eres para acoger al otro, pues la relación nos constituye. Sin embargo, derivó a someterse a una autoridad.
Por tanto, lo que era una actitud teologal vinculada a la libertad interior, al amor e incluso la confianza en Dios, terminó reducida a un mero cumplir órdenes acríticamente.
¿Qué errores comunes encuentra en la comprensión de la obediencia dentro de ámbitos eclesiales?
— En las últimas décadas, hay una fuerte tendencia en nuestra Iglesia, a veces tan polarizada y hasta sectarizada en tribus mediáticas, a llevar la discusión moral al campo de la ideología y no al de la teología. Hablar a favor de la obediencia sería propio de los tradicionalistas y hablar del diálogo y discernimiento sería propio de los progresistas.
La obediencia cristiana sufre esta manipulación interesada por parte de algunos. En la verdadera tradición, la obediencia es una escucha que te lleva al discernimiento. Sin él actuamos mecánicamente, sin amor, como robots.
De ahí el peligro tan real hoy de proponer la frase «quien obedece no se equivoca», en sí equívoca fuera de un adecuado contexto teológico. Las experiencias históricas negativas así lo confirman.
Plantear mal la obediencia es en sí un abuso. Quizás el primero. La obediencia nunca es obedecer ciegamente a cualquier autoridad humana que te garantiza que todo es bueno.
El superior no puede dar órdenes injustas, abusivas, contrarias al Evangelio: no puede incitarte a pecar y, por supuesto, ningún fin lo justifica.
Además, debe buscar siempre tu bien y, por tanto, debe ser consciente de que el que obedece puede cometer errores prácticos. Como Moisés en el Sinaí, el superior se descalza y procede con el máximo respeto porque, ante ti, pisa tierra sagrada.
Otro peligro es camuflar el capricho inmaduro como obediencia selectiva, cuando no simple y pura desobediencia. Rectamente interpretada, en cambio, «quien obedece no se equivoca» conduce a un sano realismo en las relaciones jerárquicas, pues el que obedece sabe que el superior puede equivocarse humanamente, pero ante Dios no se pierde mérito.
Un acto hecho con humildad y amor, aunque luego lo percibamos como equivocado, encuentra su lugar en el corazón de Dios.
¿Es posible una obediencia sana? Si es así, ¿cómo se conjuga con un crecimiento personal y comunitario, con la expresión libre de uno mismo?
— La propuesta cristiana de una obediencia sana para ser libres, en una sociedad tan abusiva e invasiva como la nuestra, es más necesaria que nunca.
Es un camino de crecimiento interior que podemos ofrecer a un mundo al que se le engaña con la libertad desvinculada y la exaltación del individualismo.
De ahogarnos en el autoritarismo del pasado, del respeto logrado a través del miedo, hemos pasado en una generación a la sospecha hacia toda autoridad o institución, pues censurarían mi libertad.
La verdadera obediencia nace de la necesidad de acoger la voz de Dios en sus mediaciones humanas. Dios nos habla y nos trata como hijos dotados de inteligencia y voluntad.
Por ello, la obediencia no se impone por miedo, sino que se acoge responsable y libremente.
No es invasiva de la conciencia, sino que trata al otro como adulto, lo respeta y hasta le sirve: uno al otro, mutuamente, tanto el que manda como el que obedece.
El buen superior, porque se sabe ministro o servidor, es consciente de lo delicado de su misión y provoca siempre el diálogo y el discernimiento. Nunca prohíbe preguntar ni genera dependencia o culpa.
Comprende y se mete en la piel del otro.
Y, por supuesto, nunca justifica el abuso, sino que se pone del lado de la víctima, es decir, de Cristo.
¿Cuáles serían, en su opinión, los criterios fundamentales que permiten distinguir una obediencia sana de una obediencia tóxica?
— La obediencia sana siempre hace crecer a las personas. Siempre humaniza.
Nos hace más libres, más auténticos, más capaces de amar.
Lo ves cuando visitas una comunidad religiosa. Más aún si es de clausura.
Notas enseguida cuando allí las personas han esponjado su corazón en los consejos evangélicos, entre ellos la obediencia, o les ha sido encogido o cercenado.
Cuando hay madurez o infantilismo.
Cuando hay rostros iluminados que contemplan o rostros apagados en una tristeza infinita que sobrecoge.
Por ello, el primer criterio, la piedra clave, es la propuesta y vivencia que allí se hace de Dios.
Aquí se abre todo un camino que debemos tener el coraje de transitar ante tanto arqueologismo teológico, reduccionismo litúrgico, rigorismo moral y formalismo jurídico.
El segundo criterio sería la importancia dada al discernimiento.
Otro criterio es si la autoridad se usa para controlar o, en cambio, para empoderar y hacer crecer a las personas.
También si genera espacios de diálogo y el clima adecuado para preguntar, expresar dudas o comprender el sentido de lo pedido.
Finalmente, la obediencia sana necesita un tú que orienta, no que censura.
Es obedecer a alguien del que me fío porque demuestra que me quiere, que discierne conmigo, que me conoce y me acompaña cuando más lo necesito.
El verdadero superior me ayuda a superar aquella autosuficiencia que me confunde y me lleva a la soledad más opresiva.
¿Cómo influyen las estructuras institucionales de la Iglesia en la configuración de una obediencia vivida sanamente?
— En estos años he percibido que la Iglesia puede ser un espacio de relaciones tóxicas, pero también de diálogo y consulta.
Puede incluso ser madre y maestra en medio de sociedades y estructuras abusivas.
¿Usted conoce algún organismo internacional como la ONU o el Foro económico de Davos que siente en una misma mesa, con derecho a voto, desde el más importante hasta el que tiene menor responsabilidad?
Nosotros lo hemos visto en el Sínodo de la Sinodalidad, estructurado desde la escucha mutua y el discernimiento orante.
El estilo sinodal como nueva estructura relacional, siguiendo la intuición de Francisco, está siendo una experiencia eclesial impresionante para aquellos que la acogen.
Las estructuras eclesiales son creíbles cuando enfatizan la corresponsabilidad y la participación de todos los fieles, pues estos comparten la misma vida divina por el Bautismo.
Por otra parte, cuentan con los mecanismos adecuados para equilibrar y hasta limitar jurídicamente el poder jerárquico con procedimientos que el obispo o superior religioso no puede obviar sin ser negligente o incluso delinquir.
No es posible exigir una auténtica obediencia sin ofrecer medios factibles de recurso contra una eventual injusticia.
Además, las estructuras institucionales de la Iglesia, incluso las aparentemente más eficientes y más vistosas, son inútiles si no están animadas por una sana espiritualidad.
Son piedra de tropiezo. Escandalizan.
Tras visitar muchos seminarios y noviciados de Sudamérica, el gran reto que he percibido es lograr centros de formación donde se eduquen líderes maduros, responsables, libres, críticos pero, sobre todo, hombres y mujeres de fe.
Las mediaciones carismáticas a veces se convierten en mediaciones privilegiadas. ¿Cómo evitar que un fundador o líder comunitario monopolice la voluntad de Dios para la comunidad? También es común que estas concesiones se conviertan en abusos de autoridad, sobre todo en personas con escasa o nula formación y seguimiento.
— Nadie es dueño de la voluntad de Dios. Nadie. Ni un superior o director espiritual.
Incluso el fundador que ha recibido un don carismático, pues no es para él sino para la Iglesia: nunca dice: «esto es la voluntad de Dios porque yo lo digo», sino «discernamos juntos lo que Dios quiere de nosotros».
Lo vi claro en mi última misión especial como enviado personal del Santo Padre al Sodalicio.
Esta sociedad de vida apostólica nacida en Perú a partir de un falso carisma original, había derivado en el control sectario de sus miembros.
Como usted dice, a causa de una escasa o nula formación teológica en sus dirigentes y de una negligente falta de seguimiento por parte de la jerarquía eclesial.
En julio de 2023 llegamos tarde y esto es lo que más me duele, pues la primera denuncia era del 2000.
Para evitar un uso tóxico del poder que Dios ha dado al superior es necesario que este entienda que el Espíritu es polifónico, pues siempre habla por una pluralidad de voces armónicas.
Nunca se deja monopolizar por nadie.
Para evitarlo, está la obediencia a los procedimientos canónicos, la promoción de los consejos y de los órganos de deliberación, los límites disciplinarios y la rotación de cargos, además de la supervisión ejercida con rigor y seriedad.
Junto a la transparencia en todas las decisiones y el conocimiento generalizado de los límites del que gobierna, es necesario formar a los miembros con claridad doctrinal.
Y todo ello se queda en nada sin mecanismos reales de corrección interior:
hay que poder cuestionar toda decisión;
hay que poder expresar el desacuerdo;
hay que tener canales de denuncia;
hay que acompañar psicológica y espiritualmente al que sufra un abuso de poder.
Desde la Sección Disciplinar de Doctrina de la Fe, ¿qué casos relacionados con la obediencia suelen aparecer y qué patrones se repiten?
— He llegado a la conclusión de que todo abuso de poder o de autoridad en la Iglesia lo es también espiritual y de conciencia.
El abusador monopoliza la voluntad de Dios y logra, con engaño, imponerla al súbdito, neutralizándolo: por ello este, en su vulnerabilidad, no es capaz de detectar la brecha entre el discurso de su agresor y la vida real que lleva.
El victimario suele ejercer la autoridad sin límites ni control: él ha pecado y hasta delinquido, pero sus superiores y la misma Iglesia también han fallado.
Algunos hablan de «fallos sistémicos».
El abusador confunde su carisma personal y su atractivo, que lo suele tener, con un carisma divino.
En algunos de ellos detectas problemas de disociación moral.
Por ello, con gran poder de convicción, parasitan a su víctima hasta la dependencia emocional y espiritual total.
El superior que abusa de su poder suele ser dueño del relato, como buen manipulador que es y, sobre todo, genera confusión en la víctima: es el gaslighting espiritual que invalida y anula.
Bajo apariencia de virtud, el sentido común te dice que sus exigencias son desproporcionadas, arbitrarias, inhumanas.
Aísla. Usa la culpa como instrumento para el control.
Usa el castigo y hasta goza con él.
Es incapaz de pedir perdón sinceramente y, porque en el fondo cree que nunca se equivoca, es incapaz de reconocer con sinceridad sus errores.

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